19:30
Abendua/21
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Auditorio Nacional (Cámara) | Madrid
19:30
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Auditorio Nacional (Cámara) | Madrid
19:30
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Or11
Auditorio Nacional (Cámara) | Madrid
19:30
Otsaila/22
La19
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Martxoa/22
Or11
19:30
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Az6
Auditorio Nacional (Cámara) | Madrid
19:30
Maiatza/22
Og5
Auditorio Nacional (Cámara) | Madrid
20:00
Maiatza/22
Al30
Auditorio Nacional (Sinfónica) | Madrid

La bandera del verso libre

Allá donde se cruzan los caminos, que diría el trovador jiennense, es el lugar en el que tan a menudo acontece la magia. La política y la Administración concibieron las fronteras con ese deseo suyo por estabularlo todo, por marcar líneas de división. El arte, y muy en particular la música, se ha empeñado desde entonces en difuminar esas rayas que proporcionan banderas ficticias a cambio de aniquilar las singularidades de cada cual. Esta nueva entrega de Fronteras subraya que la verdadera identidad del creador no se sustenta en la categorización, sino en el escaso respeto por los límites prefijados desde los aburridos sillones de los tecnócratas.

Lejos de las leyes de los hombres, como nos anotaría un ilustre bardo de Poblenou, es donde surge la auténtica magia, donde cualquier momento es propicio para la sorpresa. Mientras la burocracia alienta el pasaporte y el papeleo, e incluso algunos señores encorbatados azuzan desde las instituciones los pavorosos fantasmas del patrioterismo, la exclusión y el estigma, los artistas involucrados en este programa se afanan en liberarnos de compartimentos estanco. Porque los músicos que dan forma a este ramillete de conciertos han pulverizado por la expeditiva vía de los hechos dos de las clasificaciones más ingratas para el verdadero militante de la causa melómana, esas que distinguen entre popular y culto, entre clásico o moderno. Como si nuestra primigenia esencia curiosa debiera ser cercenada o reconducida; como si la vida cotidiana no nos impusiera ya suficientes condicionantes y restricciones.

Escuchamos la voz del desafío y por eso miramos al río, para pensar en la otra ribera. Ya nos lo confió ese sabio uruguayo al que hemos terminado abrazando desde Madrid: él mismo sirve como otro ejemplo preclaro de que conviene primar la curiosidad frente a la adscripción. Así lo han hecho muchos de los indagadores que nutren las páginas de este ciclo. Así lo comprendió Niño de Elche, al que le tenían por flamenco y lo aprendió todo sobre el arte jondo para mejor convencernos luego de que su camino jamás estaría sujeto a ningún manual.

No se ha tratado nunca de tocarle las narices a nadie, salvo al intolerante. Qué va. Se trata de avanzar. De remover. De conjurarnos para que el único criterio obligado sea, precisamente, el de la ausencia de imposiciones.

Algunos de estos artistas han querido apostar por la introspección, erigidos en adalides confesos del sosiego. Mirar hacia el interior de uno mismo es un ejercicio radicalmente humano, si bien no exento de vértigos, que en este paréntesis terrible para nuestra historia como especie hemos practicado —aunque fuese por las circunstancias— con renovada intensidad. Varias de las propuestas aquí concitadas ayudan a poner música a nuestros ensimismamientos. A esa línea contribuyen las exploraciones sonoras de las polacas Hania Rani y Dobrawa Czocher o el holandés Joep Beving, pero quizá nadie en la historia reciente de la música clásica contemporánea haya sabido simbolizar mejor que Philip Glass esa dicotomía entre sosiego y sobresalto. Puede que porque ambos estados definan como pocos nuestra naturaleza, la de seres vivos en evolución imparable.

Igual que Glass definió el movimiento a partir de repetición intensiva, otros han sabido apuntar hacia el futuro hundiendo su mirada en las tradiciones. Les sucede a Camané, depositario de ese legado enraizado pero infinito que es el fado, y a Rodrigo Cuevas, que se comprometió a innovar desde la aldea porque nunca habrá nada tan hermoso como aprender de nuestros mayores. Incluso los integrantes de vocación más clásica en el cartel saben que las ansias por redescubrir el mundo son consustanciales a nuestra condición de seres frágiles y sagaces. Por eso los pianos de Rudolf Buchbinder y Víkingur Ólafsson suenan tan rabiosamente actuales, por mucho que se alimenten de partituras centenarias. Y por eso mismo Fahmi Alqhai tiene alma roquera, flamenca y trashumante a partir de un instrumento —la viola da gamba— que nos legaron nuestros tataranietos renacentistas; o la mezzo Anne Sofie von Otter y los Brooklyn Rider hermanan con éxito a Rufus Wainwright, ese cantautor genial con alma de operista, con el Winterreise de Schubert, en arreglo de Osvaldo Golijov.

Reivindiquemos siempre, como hacía nuestro cantor más añorado, el espejismo de intentar ser uno mismo. Y abracemos la belleza sin condicionantes, aquella que no se alista en ninguna causa predeterminada. Dejémosles las patrias y las trincheras a otros: aquí se trata de ondear, en todo caso, la bandera del verso libre.

 

Fernando Neira


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